Relato: Sin Televisión (1)





Relato: Sin Televisión (1)

Sin Televisión


Afuera llovía. Tras toda una tarde de largos titubeos, el
clima finalmente se había decidido a una larga y torrentosa lluvia.


LA cabaña estaba relativamente escondida en el bosque. A unos
pocos centenares de metros de la carretera principal, la pequeña casa hecha de
madera se hallaba cerca de un riachuelo de aguas cristalinas y un bosque sacado
de algún cuento de hadas.


Mi padre había propuesto ir a pasar allí un fin de semana
familiar. El lunes era festivo, así que, tras las protestas, especialmente
energicas de Anabel, mi hermana mediana, todos nos habíamos montado en el carro
y, cargados con los artilugios necesarios para hacer todo tipo de actividades,
agarramos la carretera el viernes al mediodía.


Viajabamos mi madre, mi padre, Anabel, Mariluz y yo. Mariluz
era mi hermana mayor, Anabel la mediana y yo el menor.


Cada uno de nosotros era bien diferente. Así como Yo y
Mariluz éramos más hogareños, Anabel obiaba estas cosas. A la que podía, siempre
se escapaba de los encuentros familiares con primos y tías. Y ya le venía de
pequeña... cuando apenas contaba diez u once años de edad, ya se quedaba en el
rincón jugando sola, o dibujando en un papel, mientras yo, con dos años menos,
celebraba con mis primitos, y primitas, las raras ocasiones en que podíamos
hacer travesuras juntos.


Mariluz también. Nos llevaba varios años de ventaja. Y se
había vuelto, desde que puedo recordarla, una hermosa joven risueña y alegre.
Siempre andaba con la guitarra a cuestas, haciendo revolotear las notas allí
donde estuviera. Obviamente, había comenzado con canciones protestas y
vistiendose de hippy. Pero con el tiempo se había girado hacia musicas más
complejas, especialmente flamenco. Tenía un don para ello. Tal vez, el famoso
duende.



Mi padre y mi madre... bueno, eran todo un mundo aparte. Sus
relaciones eran como una ola del mar: pasaban de la más completa pasión y amor
al odio más ciego y atemorizante. Tanto en una situación como en otra, los
descubríamos haciendo "cosas"... ya sea fornicando entre ellos a la hora de la
siesta o poniendose cuernos, mi madre con el fontanero, mi padre con la
secretaria la celebración del decimo aniversario de la compañía que había
fundado.


Ambos se conservaban bastante bien, físicamente. Y si algo
puedo decir a pesar de todo, es que se quisieron mucho durante el tiempo que
estuvieron juntos.


El camino hasta la cabaña era, en su ultimo trozo, de tierra.
Mi padre lo había recorrido lentamente, mano en volante, en la otra el mapa que
le había hecho a toda prisa Joaquín, su socio, propietario de la casa y amigo
intimo de mis padres.


Habíamos llegado a media tarde, descargando todos los
bartulos con presteza para empezar cuanto antes a disfrutar de los sabores de la
vida en el campo. Como siempre, Anabel se había apeado del carro, y sin decir
palabra se había caminando bosque adentro.


En un ratito, y viendo como los nubarrones iban cercando el
cielo azul, ya estabamos en la pequeña terraza todos menos anabel disfrutando de
una suculenta comida comprada en el pueblo más cercano.


Esa misma tarde, después de comer, nos fuimos mi padre y yo,
a pesar de mis reticencias por la lluvia, a "hacer actividades de hombres".
Osease, pescar.


Bajando el río, a medio kilometro, se formaban naturalmente
varios pequeños estanque sdonde las truchas descansaban de su arduo viaje
corriente arriba. Escojimos la más grande, cargamos el sedal y nos sentamos a la
orilla con la caña clavada al suelo y sentados encima algunas rocas.


- Más nos vale sacar seis o siete peces, o si no no sé que
cenaremos.- Mi padre dijo esto en tono medio en serio medio en broma. Yo me lo
creí, y a medida que pasaba el tiempo, y el clima empeoraba, y las truchas
comían otras cosas que no fueran nuestros gusanos, me iba poniendo nervioso.
Afortunadamente, mi padre no se puso a platicar en plan "de hombre a hombre",
sino que estuvimos charlando sobre cosas sin interés. Al final, harto de tanta
espera, me decidí a dar una vuelta a ver que podía encontrar.


¡Y vaya lo que encontré!


Seguir el río corriente abajo era tarea sencilla. Los bordes
estaban bastante despejados, y aunque alguna vez había que cambiar de lado o
saltar encima de unas piedras apartando matorrales, el dsescenso era bastante
agradable.


Las piscinitas que se iban formando creaban sitios mágicos,
propicios para ver y encontrar cualquier cosa.


Escuché cerca el ruido apagado de una pequeña cascada. Y una
sensación extraña me embargó... como si presintiese que algo iba a ver, sigilé
mi paso y con mucho cuidado sorteé una cerrada curva del riachuelo. Escondido
entre matas y arbustos, distinguí una piscina de unos cinco metros de ancho por
siete de largo. Y en medio estaba anabel.


Flotaba con los brazos estirados, el pelo suelto y
completamente desnuda. Se movía lentamente sobre la superficie. A una orilla vi,
mal apiladas, sus ropas.


Me acurruqué detrás de una piedra. No sabía porqué, pero algo
de la escena me cautivaba enormemente. Ver el cuerpo de anabel, desnudo, era
mucho más de lo que nunca había imaginado. Tenía los pezones oscuros, apuntando
hacia arriba; recorrí sus redondeados pechos y, siguiendo el camino de su
vientre plano y adolescente, se insinuaban los pelos ensortijados de su sexo.


Sin querer, noté como mi miembro se disparaba.


Tenía los ojos cerrados, dejandose masajear por el contacto
del agua y el ruido de la cascada. Su piel brillaba con los ocasionales rayos de
sol que penetraban entre las cada vez más gruesas nubes.


Sobresalía del agua su frente orgullosa, su nariz perfecta.
El mentón prolongado y parte del largo cuello. Sus ojos entrecerrados y parte de
sus laberinticas orejas. Sus pechos redondos, su piel lechosa, muy blanca. Casi
pálida. Sus muslos juveniles, sus pies pequeños y coronados por diez dedos que,
de vez en cuando, se estiraban y relajaban a antojo de Anabel.


Nunca la había visto así. A mis catorce años, aún hacíamos,
los días que estabámos de buen humor, guerra de cosquillas. Y nunca me había
imaginado que su cuerpo, tan toqueteado por incursiones de mis manos buscando
sus puntos sensibles, pudiera ser algo tan fascinante.


Hipnotizado, no escuchaba otro ruido que el de la cascada. Ni
veía otro movimiento que su suave meneo sobre el agua.


Sin saber como, me encontré agarrando mi miembro que ya
pujaba entre mis shorts. Lo liberé y, ahí mismo, empecé un ritmico movimiento
lleno de caricias. Como buen novato, me corrí casi enseguida, llenandome la mano
de lefa.


De pronto, ella se desperezó, sacudió la cabeza y, poniendose
en forma vertical, miró con picardía la cascada. Nunca le había visto ese brillo
en los ojos. Era juguetón y sensual, mezcla fruto de un estado sobre el cual aún
me quedaba, y queda, mucho que aprender: la excitación de una mujer.


Se acercó con tres brazadas a donde se precipitaba el agua.
Me acurruqué más en mi escondite y, francamente curioso sobre lo que haría la
bella Anabel a continuación, me aseguré una perfecta visión.


Una vez frente la cascada, buscó una piedra para sentarse,
quedando medio cuerpo en el agua y medio fuera. La media que estaba sumergida,
estaba enmedio de la corriente que generaba la caida del agua, y se colocó
enfocandose a ella con las piernas abiertas. Vi, por primera vez, el sexo de una
mujer abierto y excitado.


Luego se quedó allí largo rato, dejando que el agua impactara
directamente en su hermosa cueva. Su cara era un poema. Su piel brillaba
reluciente por las pequeñas gotas de agua que se diseminaban por todo aquel
impresionante cuerpo. Y sus pezones... nunca he vuelto a ver unos igual. Se
habán convertido en dos botones de piedra, casi morados.


Yo suspiraba sin saber qué hacer. A pesar de mi inocencia, mi
verga volvía estar como un mastil y mi mano la volvió a atender como merecía.
Esta vez más despacio, con más amor. Acompasandome al ritmo de mi querida
hermana.


No recuerdo cuando fue que bajó su mano izquierda a su
entrepierna y la empezó a acariciar lentamente al principio, muy rápido después.
Con la derecha, se amasaba los pechos, se los chupaba, se acariciaba los muslos,
los brazos. Y las orejas. Con fruición se detenía allí, metiendose el dedo
indice en ella.


Por abajo, tres dedos penetraban su cuerpo sin descanso. Con
el pulgar se tocaba un poco más arriba y por fuera. Lo que luego descubriría que
es el clitoris.


Tampoco recuerdo cuando empezó a gemir. Pero si de pronto me
di cuenta que estaba como loca, jadeando muy alto y exclamando palabras
sorprendentes... "oh, sí, que puta soy, que puta soy... como me gusta, uyyyyy...
ahhhh.... necesito verga, la necesito, pero ya, ya... leche, quiero lechita
tibia y dulce....uyyyy"


Y la mirada, con los ojos entrecerrados y dirigidos a su
sexo.


De repente gritó. Escupió un chillido que hasta lo debió
escuchar mi padre, a medio kilometro río arriba. Se arqueó, y su pelo largo y
negro se revolvió con vida propia mientras su cuerpo se relajaba y, como
absorbido por una fuerza oculta, resbalaba dentro de la piscina para volver a
flotar a la deriva. Anabel tenía la cara relajada, extasiada.


Entonces fue cuando yo solté mi semen. El espasmo me hizo
temblar de pies a cabeza, con una oleada de placer que no recuerdo haber vuelto
a tener. Tampoco recordaba sacar tanta leche con mis pajillas... dos o tres
chorros de caliente y espesa lefa mancharon piedras y la mata que me servía de
escondite.


Sentí mis hombros caer y mi cabeza dar vueltas.


Medio confuso me giré y, subiendome los pantalones, empecé la
marcha para volver adonde mi padre aún estararía esperando a que las truchas
mordieran el anzuelo. Apenas me dí cuenta de un ruido de ramas moviendose un
poco más arriba. Tenía la cabeza confusa y atontada por la visión y las dos
corridas casi seguidas.


Bueno, no tan confusa... acababa de ver a mi hermana Anabel
masturbarse y me había encantado. Y supe que ella sería mi musa, mi obsesión. No
tendría descanso hasta estar tan cerca de ese cuerpo que pudiera sentirlo en
toda su grandeza, saborear sus olores, humedecerme con sus liquidos.


Lo que no imaginaba, bajo las primeras gotas de agua de la
tormenta que sería la culpable de todo, era lo pronto que eso se iba a hacer
realidad.






Cuando regresé a donde se hallaba mi padre, vi que este había
recogido todo el equipo y permanecía sentado, con mirada perdida, bajo un
impermeable que le protegía de la cada vez más fuerte lluvia. Me sonrió y, sin
mediar palabra, enfilamos hacia la cabaña.


Me sorprendió el silencio en mi habitualmente locuaz padre.
Pero lo atribuí a ese estado de placidez que te da la naturaleza.


Llegamos a la cabaña empapados. Mariluz y mi madre se
hallaban en la cocina. Una preparando la cena y la otra tocando su amada
guitarra. Yo andaba taciturno aún por lo que acababa de ocurrir y ante la
pregunta de mi madre de si habíamos pescado algo, moví la cabeza negativamente.


Me dirigí al cuarto donde esa noche dormiriamos Anabel y yo,
y que se antojaba como una alcoba llena de incertidumbre por todo lo que podría
pasar: desde la culminación de un deseo arrollador hasta una noche de suplicio
escuchando su pausada respiración mientras soñaba con angelitos.


Cuando abrí la puerta del dormitorio se me cayó el alma a los
pies, aunque se me levantara otra cosa. Ahí estaba Anabel, de espaldas, con solo
un tanga puesto. Su perfecta espalda se dibujaba a contraluz de la ventana,
estrechandose maravillosamente a la altura de la cintura. Volvía a ensancharse
entonces hasta llegar a su hipnotico culo, solo cubierto por un hilo finisimo
que se perdía entre los dos cachetes.


Medio ladeó la cara frunciendo el entrecejo y, al ver mi
demora admirando ese escultural cuerpo, me gritó que me fuera porque, por si no
me había dado cuenta, se estaba cambiando. Tras una ultima mirada, cerré otra
vez la puerta realmente apenado. Y pensaba que qué casual que en un mismo día la
hubiera visto desnuda dos veces, sí creo que antes nunca lo había hecho.


Me dirigí al baño para darme una buena ducha. Me desvestí y
caí en la cuenta de cómo había logrado Anabel para llegar a casa antes que
nosotros, si ella estaba más lejos. Bajo el agua caliente, encogí los hombros
suponiendo que habría agarrado un atajo o algo parecido.


Tenía la cabeza llena de Anabel. Desde su olor, al que jamás
había dado mayor atención pero que ahora revoloteaba continuamente en mi nariz,
hasta sus pezones, pasando por su mirada de lascivia al acercarse a la cascada o
su voz diciendo que quería verga.


Fue una de las duchas más largas de mi vida. Y allí hubiera
continuado sino hubiera sido por las insistentes llamadas de Mariluz, pidiendome
que temrinara ya.


Cuando salí del cuarto de baño, ahí me la encontré de frente
en el estrecho pasillo. Solo andaba con una toalla que le iba desde encima los
pechos hasta medio muslo. Casi chocamos y, al hacerlo, levanté las manos
agarrandola por los brazos para evitar la colisión. Al sentir su piel, algo se
me retorció en el estomago y, sin querer, emití un profundo suspiro que tuvo
como respuesta de mi hermana que ésta levantara las cejas.


Me puse a un lado para que pasara, y al hacerlo se me llenó
la nariz con su fragancia de mujer, mientras su hombro desnudo pasaba muy cerca
de mi pecho descubierto.


¿Qué diablos estaba pasando? ¿Me querían volver loco?


Cuando tomé el pasadizo, noté que ella se demoraba unos
segundos en el marco de la puerta. Sentí sus ojos en mi nuca, sin duda
sorprendida de mi reacción ante nuestro encontronazo.


Abrí la puerta de la habitación y encontré a Anabel sentada
en la cama con las rodillas tocando su pecho, leyendo una revista. Vestía una
camiseta blanca y unos pantalones muy cortos, que le dejaban desnudos la mayor
parte de sus muslos e insinuaban su sugerente vagina. La visión me hizo empalmar
de nuevo y removió recuerdos medio enterrados por la visión de Mariluz en
toalla.


- Oye- atiné a decir- perdona por lo de antes.- Por dbajo la
toalla me puse unos boxers y, dejando la toalla en mi regazo para ocultar mi
erección, busqué una camiseta en la mochila.


- No te preocupes hermanito. Al fin y al cabo, al compartir
habitación una ya sabe que comparte la intimidad.- Y mirando por encima la
revista me guiñó un ojo. Esto me turbó tanto que me levanté para mirar por la
ventana para escapar de ella.


- Como llueve- susurré con un hilo de voz. Ella se levantó,
se acercó a la ventana y, poniendo una mano sobre mi hombro, dijo con un tono
divertido:


- Es que solo a papa se le ocurre ir al campo con el
tormentón que estaban anunciando por la tele... – La miré y la vi cerca, muy
cerca de mi rostro. A través de la fina tela de la camiseta, se marcaban dos
hinchados y duros pezones. Ella siguió mi mirada y, al darse cuenta de lo que le
estaba mirando, se puso roja como un tomate. Apenas pude pronunciar un "ehhh..."
avergonzado cuando ella ya había vuelto a su cama tapandose por completo con su
sabana.


La lluvia continuaba cayendo.


Me fui abajo, donde mi padre, mi madre y Mariluz, aún con el
pelo húmedo, encendían el fuego, cocinaban y leían el periodico.


En apenas un rato, mi madre anunció que la cena ya estaba
lista. Arreglamos la cena y me encomendaron la misión de ir a buscar a Anabel,
que en todo el rato no había salido del cuarto.


Al entrr en la habitación, vi que dormitaba. Se le habían
corrido las sabánas y allí estaba, con una pierna desnuda, las manos en alto,
mostrando el ombligo y su vientre suave y plano.


Miré la visión estupefacto. La había visto así varias veces,
pero nunca con esos ojos. Le llamé `por su nombre. No respondió. Finalmente, y
tras hartarme los ojos con su magnifica estampa, alargué la mano y le acaricié
muy suavemente el pecho por encima la camiseta. Ella no reaccionó y, ya con más
valentía, me atreví a dejarle la mano allí un buen rato.


Pasados unos minutos, durante los cuales ni parpadee, le
toqué en el hombro con la intención de despertarla. Dio su efecto encogiendose
ella, lanzando un enorme bostezo y, juguetonamente, cubriendose con las sabanas.


- A comer, hermosa...


- Vaya- dijo con una sonrisa tierna- ya piropeando a tu
hermana...- y dicho esto estiró los brazos, levantandose con ello la camiseta
hasta casi descubrir sus pechos.


Desvié la mirada y me fui para abajo sin decir nada. Ya
estaban los demás alrededor de la maciza mesa recubierta por humeantes platos
que mi madre había preparado con esmero.


- Ya baja – anuncié. Y no sé si fue mi tono o mi cabeza
cabizbaja que logré interceptar una significativa mirada entre mi madre y
Mariluz.


Anabel bajó al rato. Seguís vestida con esa corta camiseta y
los pantaloncitos de color azul. La cena transcurrió con toda normalidad, con
mis pades y Mariluz llevando el peso de la conversación. Yo miraba mi plato, y a
veces a ellos. Pero donde prefería poner mis ojos era sobre mi hermanita. Cuando
lo hacía, la veía en la cascada, y la imaginaba gritando mi nombre, pidiendome
más y más verga, que le diera mi leche. La veía con los labios carnosos
alrededor de mi capullo, con su vulva abierta y jugosa recibiendo mis caricias,
montarla de mil maneras diferentes. La escuchaba rogarme que le rebentara el
trasero, ese fabuloso trasero que apenas un par de horas antes me había
enseñado. Y veía mis manos sobre sus pechos, rozandolos, acariciandolos.


Mi madre me despertó de mi ensimismamiento preguntandome si
queria mas pure de papas. Al ver mi turbada respuesta, me preguntó que si estaba
bien. Yo le dije que si y continue comiendo. Al levantar la mirada, mis ojos se
cruzaron con los de Anabel, que me regaló una enigmática sonrisa.


A media cena, la tormenta estalló y pronto se escucharon
truenos y se vieron relampagos. En menos de lo que canta un gallo, se fue la
luz. En la penumbra total, y mientras mis padres buscaban velas por la casa a la
luz de un encendedor, escuché a Anabel jadear profundamente.


- Estas bien? – le pregunté sinceramente preocupado. Ella me
respondió agarrandome de la mano y acercando su silla a la mía.


- Es que todo esto me da un poco de miedo.


-No te preocupes, yo te protejo.- Aproveché la oportunidad y
le puse mi mano sobre su muslo que noté moverse un poco pero, sin embargo, no
apartarse. Casi a la vez que yo hacía esto, Mariluz estalló en una carcajada que
sonó muy fuerte en la oscuridad haciendo burla del miedo de Anabel y de mis
instintos de protección.


-Callate, estupida- resopló la mediana.- Ya sabes que me dan
rollo las tormentas.- Sentía mi mano vibrar encima de aquella piel desnuda,
tersa. Se erizaba al estallido de un trueno. Se movía cuando un relampago
iluminaba la estancia. Me acerqué más y bajé su mano de encima de la mesa a mi
regazo. Tenía, obvia decirlo, una erección terrible. Y sentirla tan cerca era
emocionante. Saber que un movimiento suyo delataría mi estado, me ponía a cien.


Ella juntó ambas manos sin apartarlas de encima mis piernas.
Y aproveché un trueno que la sobresaltó especialemente para subir, como sin
querer, mi mano por su muslo, dejando mi dedo meñique distraidamente en la cara
interior de la deliciosa pierna. A ella no pareció importarle.


Ya el comedor se iba iluminando con las candelas. Pronto, la
estancia quedó bañada por una agradable luz amarillenta cuyas sombras
bailoteaban al antojo de las corrientes de aire.


El tintineo de la lluvia se hizo más intenso.


Mi hermana Anabel, medio avergonzada, enderezó su silla y se
alejó de mi. Yo retiré, a mi pesar, mi mano de su muslo.


Mi padre, recuperado el buen humor y ajeno a lo que ocurría
bajo la mesa, dijo que mañana haría un día estupendo. Propuso jugar al monopoly
a la luz de las velas.


Todos accedimos. Y así estuvimos un par de horas, hasta que
Mariluz nos sacó a todos el billete y se había convertido en dueña y señora del
tablero. Un rato antes, mi madre ya se había ido a acostar.


Al terminar la partida, mi padre se fue a acostar y quedamos
los tres. Pasada la emoción de la victoria a mariluz se le cerraron los ojos y
también subió por las escaleras. El momento que más deseaba había llegado.


Anabel me miró largamente. Estaba sentada en la silla con las
piernas dobladas


-Bueno, hermanito... ¿no tienes sueño?


- No- respondí rapidamente. Estaba como una moto, pero lo
ultimo que quería hacer era irme a dormir.


- yo tampoco... como he dormido esta tarde, no estoy nada
cansada.- Sus ojos brillaban a la luz de las velas. De vez en cuando mi mirada
se perdía en sus dos pechos, que subían ritmicamente a su pecho. En otras, la
bajaba descaradamente hasta su entrepierna, que por su postura quedaba
totalmente abierta. A ella, a diferencia de esta tarde, no parecía molestarle
estas miradas.- ¿quieres jugar a algo?


- Claro- respondí, dejando mi imaginación galopar a toda
velocidad. Ella se volteó y agarró de la caja de juegos una baraja de naipes.


- Vayamos al sofá. Estaremos más cómodos.


-Vale- contesté timidamente.


Ella alzó su majestuoso cuerpo y se sentó a un lado, mientras
yo me sentaba en el otro. Al pasar por mi vera, y como distraidamente, me rozó
las rodillas con sus muslos, lo cual me hizo volver a tener el arma en ristre.
Llevé un par de velas y las coloqué estrategicamente para iluminar la escena.


Una vez sentados, nos encaramos con las piernas recogidas,
sin tocarnos. Ella extendió entre ambos, y cubriendolas, una liviana manta.
Empezó a mezclar la baraja lentamente.


- Que quieres jugar?


- Lo que sea. Pero que sea divertido.


- La mejor forma de que sea divertido es haciendolo
divertido.- Dijo ella con una ancha sonrisa. Hacía mucho que la veía tan de buen
humor.


- Bueno, podemos hacer que el que pierda tenga que hacer
algo...


- Uyyy... eso es peligroso, hermanito.- y dicho esto noté
como casi imperceptiblemente su rodilla rozaba la mía. Yo, ni corto ni perezoso,
la eché un poco para adelante y noté, al contacto con la suya, como ella la
retiraba ligeramente.


- No tanto. Somos hermanos y no vamos a obligar al otro a
hacer nada que le pueda hacer daño...


- Daño, no. Por supuesto... nos queremos demasiado, verdad?-
Y puso su sonrisita burlona. Esa era, en nuestro codigo, luz verde para lanzar
un ataque de cosquillas. Y eso hice... disparé mis manos y mi cuerpo sobre el
suyo, toqueteando y aplastando a cuanto miembro o protuberancia encontrara en mi
camino. Ella se defendía con ambos brazos, intentando en vano repeler mis
ataques y conteniendo apenas la risa. Yo le pellizcaba y hacía bailar mis yemas
sobre su cintura y sus axilas. De vez en cuando, le sobaba un pecho. Acerqué mi
rodilla, como por accidente, a su entrepierna. Ella no parecía reaccionar: tenía
los ojos cerrados, en la boca una sonrisa, y continuaba el teatro de las
cosquillas moviendose continuamente y moviendo los brazos más por moverlos que
por rechazar mis manos. En un par de ocasiones, las dirigó accidentalmente a mi
verga, que sentía con una erección como nunca antes. Se estaba llegando a un
punto peligroso: su mano la rozaba cada vez más a menudo y ya mi rodilla se
había encajado perfectamente en su sexo. Miedoso, decidí detenerme en cuanto
agarré sus manos con las mías, y ambos nos quedamos mirando unos segundos
fijamente a los ojos.


Volví a mi lado del sofá pero sin perder el terreno ganado en
cuanto a las piernas. Ella las estiró, apoyando su muslo en mi rodilla y
poniendo su pie a la altura de mi ingle.


Estaba hermosa. Me costaba de creer que fuera mi hermana la
que tuviera delante. Tan fresca, tan risueña, tan apetecible.


No recuerdo a que jugamos. Solo recuerdo verla, con la luz
brillante, la sonrisa en los labios. Le tocaba la mano cuando recogía las
cartas, le sobaba el pie cuando se echaba para atrás, movía ritmicamente mi
rodilla. Mi audacia crecía y crecía.


Y, afuera, seguía lloviendo.


En un par de ocasiones se levantó para irse a buscar un vaso
de agua. Lo dejaba en una estantería que estaba a mi lado. Cada vez que lo
agarraba, aplastaba sus pechos en el mío, haciendome temblar de excitación.


Las partidas se sucedían una tras otra. El tiempo parecía
haberse detenido... Como de un sueño me desperté cuando ella se desperezó y con
una sonrisa me comunicó que yo había perdido. Atolondrado, le dije que ni sabía,
que estaba también muy cansado y que me iba a acostar.


Soplamos todas las velas excepto una que se quedó mi hermana
y se llevó hacia arriba. Durante todo el rato de la partida, había estado con
una excitación brutal. Se manifestaba a través de la tienda de campaña que con
cierta vergüenza era incapaz de esconder. Cuando apagamos la ultima vela, para
mi sorpresa Anabel tomó mi mano y subimos la escalera así, bien agarraditos. En
un momento dado, ella se detuvo y choqué contra ella, clavando mi tenso miembro
en su hermoso trasero. Volteó pero no dijo nada... solo continuó subiendo.


Entramos en la habitación y cada cual se fue a su cama. Ella
dejó la vela en el centro y se metió bajo las sabanas. Afuera continuaba
diluviando. La distinguí flexionando las piernas para, a continuación, lanzar
los pantaloncitos y las braguitas a un rincón. Ni os cuento como me puso eso...


Viendo que ella estaba volteada hacia la pared, me desnudé y
me metí en la cama sin nigún tipo de ganas de dormir.


Pasó mucho tiempo. La vela se quemó toda, para apagarse con
un lastimero ruidito. La llouvia golpeaba el techo de madera en una suave
melodía que se entrecortaba con, primero un latigazo de luz, y después con un
estallido de sonido que ensordecía cualquier otro ruido.


Anabel no dormía. La notaba revolverse inquieta. Y, ahora,
sin luz, pensé que debía estar asustada.


-anabel- susurré.- Anabel...


-dime- constestó, fingiendo voz de dormida.


-¿Estas dormida?


-No. Pero quiero estarlo, así que...- estalló un trueno
cerca, muy cerca. Se escuchó un fuerte sonido, como de algo que se quebraba en
el jardín. A mi me dio un vuelco en el corazón, pensando que había caido en un
arbol del bosque de detrás de la casa.


La respuesta de Anabel fue diferente. Escuché sus sabanas
moverse, dos pasos y de pronto sentí que con una mano me echaba a un lado para
después meterse en mi cama.


- Tengo miedo, hermanito.


- Ssshhhh... –le susurré tranquilizandola mientras le
acariciaba los cabellos- Todo está bien...


Sonó otro trueno. Ella se aferró a mi, juntando nuestras
mejillas y nuestros cuerpos. Estiré mis piernas y ella se encajó mi verga entre
las suyas. Casi sin darme cuenta, me encontré mis labios pegados a su oreja.


- Está todo bien... aquí está tu hermanito- De forma
instintiva, nuestras pelvis empezaron a moverse. Yo hacía, muy despacito, hacia
delante y hacia atrás, mientras ella hacía suaves movimientos circulares.


- Tu me protejes, verdad...- susurraba- Dimelo, dime como
piensas hacerlo...- Tenía la voz grave y entrecortada. Nada de esa dulzura que
recién había empezado a apreciar esa misma tarde. Hablaba igual que como cuando
estaba en la cascada. Cuando la recordé ahí, hice un movimiento especialmente
profundo que ella respondió con un gemido en toda regla.


Abrí la boca y soplé suavemente en su oreja. Noté como se
tensaba y movía su cuerpo ligeramente hacia abajo, para lograr que mi verga se
ajustara le acariciara el sexo. Lo noté empapado. Saqué la lengua y recorrí con
su punta aquella cavidad laberintica, aquellos recovecos carnales que tanto
parecían excitarla.


Sobre el murmullo constante de la lluvia escuchaba sus mudos
gemidos, pero sobretodo sentía su cuerpo vibrar pegado al mío. Me besó el pecho
y las tetillas, me arañó el estomago y finalmente agarró mi polla con ambas
manos y se la restregó por el clitoris, mientras me levantaba y bajaba la piel
del capullo.


Mi querida hermanita me estaba haciendo una paja de
campeonato en su hermoso coño. Yo la dejaba hacer, incapaz de creer que todo
aquello estaba pasando. Y menos que me pasara a mí.


Anabel parecía absolutamente fuera de control. Me mordía la
piel del pecho, y de vez en cuando escupía un poco de saliva sobre mi cuello
para recogerlo con la lengua.


- dime- me susurró enloquecida.- dime que puta es tu hermana.
Dime como te gusta que tu hermanita te toque y tu acaricie...- Yo no atinaba a
poder decirle nada. Solo gemía, bien bajito para que no nos oyeran. Finalmente
me acordé que tenía manos y un hermoso culo que sobar. Le agarré ambas nalgas y
las empecé a pellizcar y sobar con las manos abiertas. Ella levantó la cabeza y
me miró. Y en su mirada leí un deseo desbordado, una mente tomada por la
lascivia.


Y me vine.


El orgasmo fue tan inesperado como electrizante. Estuve como
medio minuto con los ojos en blanco. Con el flash de un relampago, vi que mi
hermana se llevaba la mano llena de leche a su boca y la degustaba eroticamente.


- Uyyy... que se ha ido. Uyyy hermanito, que has tenido un
orgasmo.... y que vamos a hacer, ahora?


LA miré. Me miraba tiernamente. Me arregló los cabellos con
amor mientras con la otra mano seguía agarrada de mi verga. Ésta, inmune, no
había perdido ni un ápice de su dureza tras correrme.


- Ahora va a resultar que tengo un semental en casa... –
Quise decirle que no, que es que estaba muy excitado y que eso a veces me
pasaba, pero solo me salió una sonrisa. Ella me agarró la mano y la acercó a su
boca, para después cruzar su cuerpo hasta llegar a su sexo.


- Ahorita, hermano- dijo con la voz más sensual que he oido
en mi vida-, me la vas a meter.- Y se puso de lado, dandome la espalda. Yo me
pegué a esa espalda de diosa, y ajusté mi entrepierna a su maravilloso culo. Con
mi otra mano le acariciaba, bajo su eficiente guía, los labios de su empapada
vagina.


Acerqué mi verga por detrás cuando ella me detuvo.


- No, no... por ahí no. Que tu ya puedes ser un papa y yo una
mama. Por donde sale la caquita... así, hummm....- Reorienté mi miembro hacia el
nuevo objetivo- Uyyy... si, no toda de golpe, poco a poco... uyyy... que bien se
siente, así, la punta. Ahora espera... uy...hummm...hermanito, hermanito, quien
lo hubiera dicho que tu me ibas a dar .... ayy...- empecé a moverme en circulos-
ufff... que bien lo haces... lo vamos a pasar en grande tu y yo... ahhhh...- El
agujero se iba dilatando. En un momento dado, me abalancé sobre su cara hasta
lograr alcanzar su oreja. La engullí entera, entre mis labios y moviendo
freneticamente la lengua por todos sus rincones. Anabel sucumbió al ataque y
movió de un solo su culito hacia atrás, logrando empalarse con mi verga hasta
que mis testiculos chocaron contra su vagina. Emitió un aullido que un trueno,
complice, enmudeció.


- Ohhhhhhhhhhhhhh hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh.....
................!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!


- Mi putita, quieres mi lechita? La quieres? – Mi hermana
empezó a tener espasmos. Estaba completamente fuera de si, golpeando el colchón
con una mano mientras con la otra se acariciaba, ya sin mi torpe ayuda, su
concha freneticamente. Todo su cuerpo temblaba, al igual que el mío que lanzaba
estocadas a tan preciado blanco.


Tras una ultima tensión, mi hermana, de pronto, como que se
quebró. Todos los musculos de su cuerpo quedaron totalmente muertos: los brazos
caidos, las piernas inertes, el cuello caido. Cambié de ritmo y continué, con mi
verga en su culo, bombeando muy suavemente.


Emitió un larguisimo suspiro y, al cabo de poco, anduvo de
vuelta moviendo sus caderas siguiendo mi ritmo y sin repetir "si, si, si..."


Estuvimos mucho rato así, follando muy lentamente. Al final,
me pidió que la sacara. Se giró, me acostó bocaarriba, y gateó encima de mi
hasta llegar a mi pene bamboleante. Lo tomó con ambas manos y, con gran sorpresa
de mi parte, se lo metió entero en la boca. Lo empezó a chupar muy rapido,
moviendo solamente su cuello.


En menos de un minuto, sentí que la habitación se desvanecía
y surcaba las estrellas catapultado por una fuerza llamada orgasmo. Temblé desde
la cabeza a los pies, viendo como mi hermana, sentada a mi lado, movía su cabeza
y recibía toda mi leche en su boca de dientes perfectos y lengua juguetona.


Lo limpió bien y, toda satisfecha, se arrebujó a mi lado,
aferrada a mi brazo. Yo, agotado, me dejé llevar por un sueño dulzón y
embriagador absolutamente incrédulo de lo que había pasado.


Al final, se volteó y me dio un dulce beso en los labios.


-Hermanito, ya no tengo miedo de la tormenta. – Y ya
entresueños noté como se deslizaba hacia su cama.


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Relato: Sin Televisión (1)
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