Relato: Ibiza me convenció





Relato: Ibiza me convenció

IBIZA ME CONVENCIO


Mientras esperaba me dediqué a adujar todos los cabos, a
dejar impoluta la cubierta, a disponer todo el barco para que la travesía fuese
del máximo agrado de todos; aquel viernes el cielo estaba despejado y la suave
brisa del sur nos llevaría rápidamente a nuestro destino, Ibiza, donde
pasaríamos el fin de semana a bordo de mi velero, una embarcación de 9 metros
que disponía de un amplio confort para los tripulantes. Era una travesía
especial; aunque sabía de sobra que mi novia, Ana, tenía un amante con el que
compartía la vida en Madrid, no lograba hacerme a la idea.


Nuestra relación era algo extraña, ya que yo residía en un
pequeño pueblo de la costa alicantina y Ana vivía en Madrid, mientras terminaba
los estudios; nos veíamos poco, y ella, ardiente y fogosa como era, no encontró
impedimento alguno para recibir las dosis de sexo que necesitaba. Yo al
principio lo había tomado como un juego, pero al final caí en la cuenta de que
su relación era una realidad a la que yo me había acomodado. La quería demasiado
como para dejarla, así que consentí en su devaneo sexual, a cambio de que no me
dejara nunca. Pero aquella iba a ser la primera ocasión en que me encontraría
cara a cara con mi rival y la verdad, estaba nervioso como un colegial; todo
había sido una idea de Ana, a fin de calmar un poco su remordimiento para
conmigo y a la vez escudriñar una posibilidad morbosa de emparejarnos los tres.


Pasaban dos minutos de las doce de la mañana cuando apareció
mi coche en el aparcamiento del puerto, conducido por un hombre que pensé que
era él, y efectivamente no me equivoqué; era un tipo espigado, moreno y
atractivo, ataviado con un traje de ejecutivo que bajó del coche apresuradamente
para abrirle la puerta a Ana, que salió sonriente. Se cogieron de la mano y
caminaron hasta el barco como dos enamorados; una punzada de celos atacó mi
corazón, pero no era nada comparado con lo que tendría que soportar a lo largo
de los tres días que estaríamos juntos. Subieron a bordo y Ana nos presentó, nos
dimos la mano con bastante frialdad por mi parte y nos dispusimos a zarpar;
mientras hacía la maniobra para salir Ana acompañó a Jaime, que así se llamaba
nuestro "partenier", al camarote principal para que se cambiase de ropa y
pudiese estar más cómodo durante la travesía.


Ya estaba saliendo del puerto, izando las velas y poniendo
rumbo hacia la isla cuando aparecieron los dos por la escotilla, sonrientes;
pensé que habían tardado demasiado, pero traté de desechar la idea de mi cabeza,
puesto que nos quedaban unos días por delante y de lo que se trataba era de que
Ana estuviese feliz. Tras preguntarme si hacía falta que me ayudase con algo de
forma amistosa, le dije que no hacía falta, ya que estábamos de camino a nuestro
destino, con un toque irónico en mi voz, lo que provocó que mi novia me lanzase
una mirada de reproche, lo que me dolió más que nada hasta ese momento; traté de
relajarme y tras ajustar todos los parámetros de nuestra ruta, nos sentamos los
tres a disfrutar del sol y el viento, camino de Ibiza.


Fue entonces, en la inmensidad del mar, en la soledad de
nuestro barco, cuando se planteó el tema crucial de aquel viaje; me relató Ana,
a lo que Jaime asentía, que su relación se basaba en la amistad y la carencia de
afecto efectivo al estar yo a muchos kilómetros de ella durante gran parte del
tiempo. Jaime sabía de mi existencia y aceptaba aquella relación a tres bandas y
Ana sentenció que para ella los dos éramos sus novios. No tenía nada que
objetar, si quería seguir con Ana tenía que aceptar aquella singular relación.
En cuanto al sexo, ella quería disfrutar de los dos y esperaba que llegásemos a
un buen entendimiento, algo con lo cual yo era un tanto receloso, ya que nunca
se me había pasado por la cabeza estar con un hombre, aunque a decir verdad,
tampoco era muy lógico estar allí con ellos dos, así que esperé la evolución de
los acontecimientos. Se notaba que la situación ponía cachonda a Ana, así que
propuso comenzar a conocer nuestros cuerpos en ese mismo momento, y sin decir
más se quitó la camiseta que llevaba, dejando al descubierto sus dos
maravillosos pechos; azorado y pudoroso, aparté la mirada de ella, fingiendo
controlar alguna parte del barco.


Ella se dio cuenta de mi nerviosismo. - " Vaya, parece que te
va a costar un poco, ¿no?. Está bien, cuando estés preparado ya me lo dirás.
Vamos, Jaime, hagámoslo abajo, en el camarote", y sin mediar palabra con él, lo
tomó de la mano y se lo llevó abajo. Jaime me miró de soslayo con una mirada de
disculpa pero la siguió; yo me quedé clavado en mi asiento verlos desaparecer y
sin saber que actitud adoptar, centré mi mente en el horizonte; me preciaba de
ser un buen navegante, así que tomé los mandos de mi barco y me puse a navegar
de forma técnica, pasando las olas con solvencia y controlando la escora y
velocidad, concentrado en los dígitos de la pantalla que me daba los datos. Poco
a poco esa concentración quedó hecha añicos cuando unos gemidos de placer
llegaron nítidos hasta mis oídos procedentes del camarote principal; al
principio traté de no hacerles caso, de apartar esa llamada al placer de mi
mente, pero parecía que el viento los empujaba hasta lo más recóndito de mi
cerebro.


O me volvía loco o me unía a aquel perverso placer que tenía
en mi Ana a su diva fogosa; mi miembro, oculto bajo un bañador amarillo, me
lanzó unas bengalas de socorro que impactaron contra mi corazón. Una parte de mí
quería unirse a todo lo que la situación representaba, pero otra era reacia a
seguir con aquella indolencia maquiavélica inventada por Ana. Recordé que una
escotilla daba justo encima el camarote donde se encontraban los amantes, y
luchando contra mi punzada de rencor, me levanté y guié mis pasos, cautelosos y
con sigilo hasta la escotilla; pero, ah canalla, la cortina opaca sujeta a la
parte interna del vidrio se hallaba cerrada, por lo que no pude ver nada.
Regresé a mi puesto de mando y me sorprendí a mí mismo acariciándome por encima
del bañador, embriagado por el dulce gemido de mi novia, y me pregunté que debía
hacer. - "Cariño, te puedes acercar, por favor". La voz de Ana me sacó del
ensimismamiento, me sobresaltó e involuntariamente aparté mi mano de mis zonas
íntimas, casi caigo al suelo; asomé la cabeza por la entrada y vi la puerta del
camarote entornada; los efectos de la luminosidad exterior me impidieron enfocar
la imagen de Ana. - "Podrías traernos un poco de hielo, por favor". "Encima
recochineo", pensé, pero conectando el piloto automático dejé el barco solo y me
dirigí al congelador, llenando una cubitera para ellos; me acerqué a la puerta
de donde no salía ningún sonido y por un momento pensé en entrar sin avisar y
encontrarme de una vez con lo que había sido una imagen fija en mi cabeza.


Pero mi cobardía llevó a retirar mi mano del picaporte y a
golpear con mi puño en la hoja cerrada. La cara de Ana apareció sonriente y le
pasé el cubo: me pude fijar que de las comisuras de sus labios resbalaba una
sustancia blanquecina que asocié al semen, pero antes de que pudiese decir nada
la puerta se me cerró en las narices. Volví a mi puesto, un tanto enfurecido, y
me centré de nuevo en la navegación; durante las siguientes horas a solas no
paré de darle vueltas al tema, tenía que decidirme por afrontar la situación o
terminar con Ana. Fue una dura lucha conmigo mismo, pero al final decidí que si
había soportado que me lo contase, que conociese a su amante y que encima
hubiese presenciado, aunque solo fuese de oídas, uno de sus tórridos encuentros,
podría pasar por el hecho de compartirla en la cama también. Resolví que se lo
diría en cuanto la viese aparecer en cubierta. Eso no ocurrió hasta un rato
después; ya llevábamos siete horas de travesía en las que ellos habían estado
cinco en el camarote, pero pensaba que no todo el rato habían estado haciendo el
amor, puesto que si fuese así yo no daría la talla ni de lejos.


A lo lejos se divisaba Ibiza ya, cada vez más cerca, y no nos
faltarían más de tres horas para llegar cuando salieron; para mi desasosiego,
ambos salieron a cubierta totalmente desnudos, lo que volvió a provocar el rubor
en mis mejillas. Salían con cara de fatiga pero de satisfacción al tiempo que
una sonrisa se dibujaba en sus labios; el pudor debía haberse quedado en el
puerto, ya que actuaron con toda naturalidad. Ana se me quedó mirando fijamente,
tratando de averiguar lo que me pasaba pro la cabeza; en eso era especialista y
enseguida supo que me había decidido a aceptar el asalto. Sonrió y fue como la
señal; me puse en pie y decididamente me solté el cordón del bañador y me lo
bajé hasta los pies, apartándolo a un lado con el pie izquierdo, pero con tan
mala suerte que cayó por la borda y se perdió en el agua, lo que provocó las
risas de los dos.


Me quedé plantado allí en la cubierta, de pie, mientras ellos
se reían, y fue cuando me fijé en el tamaño del miembro de Jaime; era bastante
más grande que el mío, largo y grueso. La piel de su prepucio apenas abarcaba su
grosor y la punta salía desvergonzada, en una mueca que simulaba a una sonrisa
de satisfacción por sí misma. Me relajé un poco y me senté de nuevo a los mandos
del barco; Ana se tendió sobre cubierta para disfrutar de los últimos rayos de
sol mientras su amante le acariciaba el torso. No cambiamos más palabras hasta
llegar al puerto de Ibiza.


Tras vestirnos, atracar el barco y resolver el papeleo en las
oficinas, nos dispusimos a cenar algo en un bar del puerto; parecíamos tres
amigos de toda la vida, yo mas relajado, intercambiando chistes y anécdotas.
Tomamos una copa relajados y pude contemplar como bailaban pegados, fundidos en
un abrazo, cuerpo con cuerpo, recorriéndose con las manos y al final, agotados
por la travesía, nos fuimos al barco para descansar; yo le susurré a Ana al oído
que ya estaba preparado, pero me dijo que hoy no, que dado el numerito que había
montado al principio del día, tendría que esperar.


Una vez más vi como se cerraba la puerta y desaparecían los
dos en el camarote. Me quedé solo en mi cama, más pequeña que la suya, y no pude
pegar ojo hasta que los gemidos cesaron; me entregué a los brazos de Morfeo
pensando en el día siguiente, donde todo se arreglaría. La mañana amaneció
luminosa y llena de vida; me desperté pronto y salí a cubierta a empaparme de la
fragancia del viento y la sal del mar, acompañados de la frenética actividad que
en el puerto se desarrollaba. Estaba decidido a contentar a mi novia, a hacer
realidad sus deseos y me fui hasta una panadería a buscar algo para desayunar.


Preparé café caliente y dispuse la mesa con los croissant
recién hechos y una rosa a modo de decoración romántica; el aroma que emanaba el
café debió causar su efecto, ya que al poco tiempo escuché sus voces y sus
risas. La voz de Ana me llamó, me acerqué a la puerta y esperé. - "Pasa, no
tengas vergüenza", me susurró sibilina. Ya estaba armado de valor para
enfrentarme con aquella situación, así que giré el pomo de la puerta y abrí;
allí estaban los dos tumbados en el confortable colchón tapados únicamente con
una sabana, abrazados. Delante de mis narices se dieron los buenos días con un
beso en la boca, breve pero intenso; mi novia retiró la sábana que los cubría y
me permitieron contemplar sus cuerpos desnudos. Una pierna suya estaba por
encima del estómago de Jaime y con la mano izquierda acariciaba el miembro
erecto de su amante; me miró desafiante. - "¿No me vas a dar un beso de buenos
días?", me dijo. Me acerqué a su lado un tanto receloso y deposité un breve beso
sobre sus labios, con cierta prudencia al recordar el semen que debió bañarlos
la noche anterior. - "¿Qué me decías ayer que habías decidido?", sonrió. "Si era
cierto lo que decías, ¿por qué no empiezas por acariciar esta polla tan
maravillosa?".


Y lo decía con toda la naturalidad del mundo; no podía
echarme atrás, ahora no, ya que me había decidido. Tartamudeé la excusa de que
el café se enfriaría, pero ella dijo que eso podía esperar; me invitó a quitarme
el bañador que llevaba puesto y unirme a ellos en la cama. Ya no lo dudé, me
quité lo que me había dicho y me tumbé al lado de mi novia, quedando ella entre
los dos; Ana me cogió de la mano y me llevó hasta la polla de Jaime, me enseñó a
moverla con suavidad, a recorrer todo el tronco sin apretar demasiado, a
presionar donde más placer daba, aunque yo ya lo sabía, puesto que no era la
primera vez que me había masturbado. El contacto con aquel miembro viril al
principio me sobresaltó, pero su candidez y textura me hicieron ganar confianza;
palpitaba en mi mano como un ser con vida propia y acostumbrado a tener mi
miembro en la mano, aquel me parecía mucho más grande.


Estaba nervioso, pero la angustia había dejado paso la
relajación, como si me hubiese desprovisto de un tabú que me atenazaba desde
hacía tiempo; ellos comenzaron a besarse mientras yo seguía concentrado en la
masturbación que le prodigaba a mi rival y mi novia, agarrando mi cabello, me
hizo descender hacia la parte de los pies de la cama, hasta que mi cabeza estuvo
a la altura de su vientre. Abrió las piernas y permitió que mi cara se alojara
entre sus muslos; mi boca se pegó a su sexo y mi lengua lo exploró. Sabía que
hacía muy poco tiempo la polla que tenía en la mano, masturbándola, había estado
alojada en el lugar que yo ahora tenía la lengua, pero ya nada me importaba,
mientras ellos seguían besándose; una de las manos de Jaime apretaba soezmente
el pecho derecho de Ana, lo que a ella no parecía importarle a pesar de que a mí
siempre me había dicho que tuviese cuidado con apretarlos, ya que eran muy
sensibles, pero parecía que todo el cuadro que estaba viviendo la hubiese hecho
cambiar. - "¿Por qué no traes el desayuno aquí, que realmente necesitamos coger
fuerzas?", me dijo Ana despegando sus labios de los de Jaime y abriendo los
muslos para que pudiese oírla.


Me levanté de la cama y Ana se dio cuenta de que mi polla
estaba erecta. - "Ya sabía yo que te acostumbrarías y los disfrutarías", me dijo
dándome una palmada en las nalgas. El café estaba todavía caliente y los
croissant mantenían el aroma de hacía unos minutos; lo puse todo en una bandeja
y los deposité en la cama, aprovechando un momento en que se habían separado del
abrazo para hacer sitio, y coloqué la bandeja entre sus dos cuerpos, a modo de
venganza.


Pero el plan se me vino en contra. - "¿Por qué no aprovechas
que desayunamos para familiarizarte con la polla de Jaime?", me dijo Ana
haciendo un gesto con la mano que me hizo entender que le gustaría verme
lamerla. Ya me daba igual, así que me fui hacia el lado donde él estaba y me
tendí en el colchón entre sus piernas; cogí de nuevo su miembro con una mano y
miré cómo Ana asentía mientras mojaba un trozo de croissant en el café. Jaime me
observaba paciente cuando cerré los ojos y agaché la cabeza lentamente hacia el
capullo sonrosado que me esperaba anhelante; mis labios rozaron el glande que ya
había replegado la piel, pero sin despegarse, mi boca fue abriéndose lentamente,
permitiendo que la polla penetrara, resbalando por mis labios secos, hasta
quedar la mitad del tronco alojada dentro. En ese punto de la situación ya no
había necesidad de andarse con remilgos, por lo que comencé a menear mi lengua
sobre el duro tronco mientras mi labios se iban mojando y resbalaban con más
ritmo sobre toda la extensión; no debía hacerlo tan mal, ya que Jaime comenzó a
gemir despacio, derramando el café sobre la sábana mientras Ana no dejaba de
desayunar, divertida ante el espectáculo que le estaba brindando.


En ese momento surgió la frase temida. - "Me voy a correr".
Ana dejó la taza apresuradamente sobre la bandeja, derramando lo poco que
quedaba de café, y se acercó a mi boca; me la saqué de la mía, sabiendo lo que
se me venía encima, pero repasando con mis labios el tronco por un lado mientras
mi novia hacía lo mismo por el otro y acariciaba los testículos de su amante,
cuando de repente una erupción blanca salpicó nuestros rostros, empapando mis
mejillas y la nariz de Ana, quien, pasado el primer golpe de semen, se metió la
polla en la boca golosamente, succionando con pasión hasta que no dejó una sola
gota. Con restos de semen en la boca aún, me besó profundamente, haciéndome
partícipe del sabor ácido del placer de nuestro compañero.


Un tanto avergonzado por lo que acababa de hacer, pero feliz
al ver el resplandor de gratitud en los ojos de Ana, me levanté y me dispuse a
recoger los restos del desayuno y mientras ellos se aseaban y vestían. Pasamos
todo el día del sábado de visita por la isla, comimos un rico caldero de
langosta que me salió por un ojo de la cara (y es que quería hacerme el machito
invitando yo), recorrimos la ciudad de Ibiza, como unos turistas más,
curioseando en las tiendas, los tres abrazados por las calles, aunque podía ver
cómo las manos de Jaime se iban una y otra vez a posarse sobre las nalgas de
Ana. Tras unas compras, antes de cenar, resolvimos ir a descansar en el barco un
ratito; Ana se había comprado unos modelitos bastante escandalosos, unos zapatos
de un tacón increíblemente altos y me prometió hacerme un pase especial.
Llegamos al barco y enseguida se despelotaron, invitándome a imitarlos; cuando
me quedé desnudo ellos ya estaban en la cama; Ana estaba de costado y Jaime del
mismo modo abrazándola por la espalda y yo me recosté a su lado, de cara a mi
novia.


Pude notar una de las manos de Jaime cogiendo uno de los
pechos de Ana, así que yo me apropié del que quedaba libre. Los tres quedamos
dormidos en poco tiempo; no se cuanto tiempo estuve dormido, pero no supe si en
sueños o no, los gemidos de mi novia seguían metidos en mi cabeza, incluso un
movimiento casi imperceptible me meció en mi sueño; me desperté lentamente, abrí
un ojo y observé la cara de Ana, con una sonrisa dibujada en sus labios y la
lengua relamiéndose. Algo estaba pasando.....


Mi novia abrió los ojos, me sonrió y pegó sus labios a los
míos y acto seguido presionó mi cabeza para bajarme por su cuerpo hasta la
altura de sus pechos; para entonces ya sabía que Jaime la estaba penetrando.
Había temido ese momento desde que embarcamos, pero ya no había vuelta atrás;
lamí sus pezones duros, uno a uno, repasé con mi lengua el contorno de sus
pechos, y sin que ella siguiese presionando mi cabeza, bajé por su vientre, lamí
su ombligo y al final llegué a su entrepierna. El falo de Jaime estaba enterrado
en su coño, hasta el fondo, y se movía despacio, casi ni se notaba, pero hacía
que el cuerpo de Ana vibrara; acerqué la lengua al caliente volcán y lamí sus
labios abiertos, profundicé un poco y luché por hacerme un hueco en su tesoro.


Pero la mano de Ana sacó la polla de su coño y la llevó hacia
su culo; al principio no me di cuenta, cuando logré meter toda la lengua dentro,
pero al poco caí en la cuenta. Ella nunca me había dejado que la poseyera por
detrás, y ahora estaba lamiéndola y a pocos centímetros una polla estaba
poseyéndola analmente; podía sentir el miembro en mi lengua, a través de las
finas paredes de su interior, esta vez penetrando con ritmo, con fuerza. No pude
soportarlo más, me incorporé, poniéndome a la altura de Ana y abrazándola,
enterré mi polla tremendamente cura en su coño, con violencia; los bombeos no
duraron mucho tiempo, ya que estaba muy excitado y al unísono Jaime se corrió
conmigo, llenando a mi novia por sus dos agujeros.


Caímos rendidos los tres sobre el colchón, ella nos abrazaba
con fuerza, y entonces lo soltó. - " Podrías ser nuestro juguete, cariño". Al
principio me cogió por sorpresa, me quedé a cuadros, pero Jaime, que ya sabía de
mis gustos, apoyó la propuesta; no sabía que decir, pero era lo que quería en el
fondo; me mandaron a comprar algo de cena, ya que esta vez nos quedaríamos en el
barco, lo preparé todo y esperé a que aparecieran. - "Ya sabes cual es tu sitio,
cariño, no te hagas el remolón", me dijo Ana. Me metí debajo de la mesa y me
senté en el suelo, poniendo la cabeza en la parte del asiento; enseguida observé
cómo Ana iba a ocupar su sitio, o sea, sobre mi cara, avanzó por el banco
corrido alrededor de la mesa y se colocó sobre mí. Fue descendiendo poco a poco,
levantándose la corta falda que lucía y dejando rozar sus braguitas en mi cara,
hasta que descansó todo su peso sobre mis mejillas, acomodando mi nariz entre
sus labios vaginales; entonces comenzaron a degustar la cena y durante todo el
tiempo estuve en la gloria bajo el culo de mi novia.


Con los postres invitó a Jaime a que me probara como cojín,
cosa que no me hizo mucha gracia, pero ya había aceptado ser su perrito; pero él
se quitó los pantalones y los calzoncillos para tomar asiento; sus nalgas eran
duras pero flexibles y se amoldaron bien a mi cara. Ana estaba muy excitada con
aquel numerito, así que noté cómo se metía debajo de la mesa y le prodigaba a su
amante una buena mamada; Él debía estar en la gloria, ya que tenía una lengua en
el capullo y otra en el culo. Sin más respiro que el de levantarse de mi cara,
me llevaron a la cama de su camarote y me lanzaron a él de bruces; ya sabía lo
que se me venía encima y no me resistí. Ana se subió sobre mi cabeza, sentándose
sobre ella y aplastándome la cara en el colchón mientras Jaime, levantándome la
grupa por las caderas, abría mis piernas y escupía sobre la entrada de mi culo
virgen. A decir verdad no noté todo el dolor que temía; jaleado por mi novia, el
capullo se apoyó entre mis nalgas y mientras se fundía en un beso con Ana, Jaime
fue presionando poco a poco, abriendo camino en mi estrecha galería hasta que de
un golpe final consiguió meterla hasta el fondo. El bombeo dentro de mi ano fue
violento, muy rápido, sus dedos se clavaban en mis caderas y sentía la humedad
del sexo de Ana en mi nuca, pero por fin estaba entregado por completo a mi
novia, lo que siempre había querido.


El calor que inundó mis entrañas fue indescriptible, un
alivio que tiró por el suelo todos mis miedos y recelos, lo disfruté tanto como
ellos. Me dieron la vuelta y Ana quedó sentada sobre mi cara, lamiendo yo todo
su sexo con pasión, con el culo roto y el miembro erecto, mientras ella hacía lo
propio con su amante, ya que también quería su ración de placer; una vez puesto
en condiciones, Ana se recostó sobre mi pecho y Jaime se colocó detrás suyo, de
rodillas y sin previo aviso se la metió de un solo golpe, hasta el fondo,
arrancándole aullidos de placer mientras me devoraba la polla como nunca antes
lo había hecho. Lamí su coño follado, el trozo de polla que salía y entraba e
incluso sus testículos que bailaban al son de las embestidas, pero a la hora de
evacuar el placer retenido, Jaime se la sacó y la metió en mi boca, apurando los
últimos bombeos y derramando su germen en mi garganta que esta vez sí, saboreé a
solas. Por la mañana nos despertamos los tres abrazados, hechos un ovillo, en un
enredo de piernas y brazos, con Ana bien estrechada por los dos.


- "Solo te queda el bautizo final, cariño". Nos fuimos los
tres al estrecho baño del barco, que todo él era una ducha, y me arrodillé bajo
ellos; mi novia tomó la polla de su amante con una mano y la apuntó hacia mi
cara; al instante un chorro de orina se proyectó ante mis ojos, bañándome la
cara y el pecho, mientras Ana, poniendo su entrepierna justo encima de mi
cabeza, hacía lo propio, diciendo que debería tragar un poco en señal de buena
voluntad, así que abrí la boca y la orina de los dos, fundida en una sola,
inundó mi boca y regó mis entrañas. Tras asearnos y vestirnos, zarpamos a las
once de la mañana rumbo a la península, una travesía que duró siete horas, ya
que la hicimos a motor, puesto que ellos debían tomar un tren hacia Madrid a las
ocho de la tarde, pero en la que tuvimos tiempo de disfrutar de nuestros cuerpos
unas cuantas veces más. Los fui a despedir a la estación, se fueron juntos,
abrazados y besándose.


Cuando ella me llamó por la noche al móvil me agradeció la
dispensa que había tenido con ella, prometiéndome que me querría siempre y yo le
juré que siempre estaría con ella.... y con su amante.


FIN


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